lunes, 11 de diciembre de 2017

Hablemos de libros


Cuando era joven, casi un niño, tenía un tesoro en mi habitación: la estantería repleta de libros. Siempre oliendo a esa combinación de olvido, polvo, madera y papeles encerrados entre tapas satinadas.
Y en ella, cada tarde, algún ejemplar me esperaba para desvelarme sus secretos.

La lectura es un ritual, no exento de misterio, donde los lectores se aproximan a una realidad llena de paisajes, personajes y situaciones que, aparentemente, se les brindan en exclusiva.  Todo un mundo inexistente para los no iniciados, para quien contempla el libro desde fuera y no se atreve a acercarse y  sumergirse entre sus páginas.

Porque todo estaba allí: Guillermo Brown y sus incondicionales proscritos, Sitting Bull y las infinitas praderas, Ulises y la diosa Circe, los solitarios del océano, el escarabajo de oro y los misterios de la calle La Morgue, el Gun Club de Baltimore, los jinetes indios cabalgando a pelo sus monturas, las oscuras golondrinas de Bécquer, el avaro Scrooge, el plano del tesoro y un barco lleno de piratas…

Cuando cogía, por ejemplo, El árbol del ahorcado,  y echaba un vistazo a su interior, durante un breve segundo mi cerebro registraba una ensoñación, un espejismo: el movimiento vertiginoso de un remolino de arena típico de los desiertos….

Por eso, cuando cerraba de golpe el libro, un espeso muro de silencio y polvo  se levantaba en medio de la habitación, y quedaba allí, en el aire, flotando unos instantes,  como un ritual de seguridad que impedía el acceso a los intrusos.



Regalar un libro siempre es una buena opción. 

"Desde el laberinto" 
 Historias de ocurrencias, locuras y sueños. 


Para más información y reservas: geaberca@gmail.com 
UNO editorial: http://www.unoeditorial.com/portfolio/desde-el-laberinto/

lunes, 4 de diciembre de 2017

Un hombre independiente. Gabinete psicoterapéutico 4



Carlos del Monte, el líder independentista de Fridonia, tiene día y hora para una visita, concertada desde hace tiempo, con la doctora Ariadna, psiquiatra y psicoterapeuta. 

—¿A qué viene a consulta?

—A intentar liberarme de mis demonios. No me encuentro bien.

—Cuente usted. Empiece por el principio, por favor: su niñez, su familia, etc.

—Todo empezó en casa. La autoridad materna era muy fuerte. Se podría decir que tuve una madre castradora. Mi mamá me pegaba con la zapatilla por cualquier motivo. Una vez me la tiró a la cabeza, con tan mala fortuna que me dio en un ojo y desde entonces debo llevar gafas. También me daba capones y collejas. Tenía la cabeza llenita de cardenales y chichones. Por eso me dejé el flequillo, estilo fregona, que llevo desde niño, para disimular las marcas. ¿Ve usted?

—Sí, ya lo veo.

—Una madre sumamente violenta, casi como la policía del régimen fascista y opresor que manda en este estado autoritario llamado Leput, que coarta nuestras libertades y ...

—Bueno, no me monte usted un mitin, que esto es una consulta y no una asamblea de su partido.

—Disculpe. Es la costumbre. Es que a veces se me sube el ardor patriótico y me emociono. Ya sabrá usted que soy un defensor del independentismo.

—Sí, lo sé. En la tele no hablan de otra cosa. Siga usted.

—Pues lo que le decía, que mi madre era extremadamente autoritaria.

—Claro. Por ese motivo, posiblemente creció en usted un imparable deseo de irse de casa. Y su deseo emancipatorio, lejos de suavizarse con la distancia, se intensificó con el tiempo, ansiando independizarse absolutamente de todo.




—Así es. Primero me independicé de mi hogar familiar, de mi madre, que era la que mandaba. Mi padre era un pobre diablo sometido a la autoridad conyugal. También me independicé de familiares, vecinos y amigos de la infancia. No los soportaba, sobre todo a ese vecino gordito que insistía siempre para que jugáramos con él al fútbol. Y una vez que nos tenía convencidos, decidía por su cuenta la formación de los equipos. Y si no, se enfadaba y se llevaba la pelota. Oriol, creo que se llamaba...

—¿Tuvo usted alguna relación de pareja?


Sí. Incluso me casé; pero al cabo de un tiempo me divorcié. O sea que me independicé de mi mujer.  Más tarde me emancipé de mi casa. Dejé el piso de la Avenida de Gracia en el que había vivido doce años. Bueno, en realidad me lo quitó mi exmujer. Y aquello no me hizo ninguna “gracia”. Me independicé luego de mis hijos: me negué a pasarles la dieta de manutención que fijó el juez. Amenazaron con embargarme la nómina si no pagaba. Por eso, me fui de mi trabajo, para no pagar. Me despedí. Luego me metí en política, pero casi todo lo cobraba en negro, para evadir al fisco y al juez. Y una vez metido en política, ya solo me faltaba el último escalón: independizarme de este estado opresor que coarta nuestras libertades. Este estado de Leput es una madre castradora. Se podría decir que es una "leputa madre".


—¿Por qué dice que el país donde vivimos es una madre castradora?

—Porque pretende que además de fridonés me sienta leputí. Y no soporto la ambigüedad: solo fridonés, que por algo somos superiores. ¡Hala! Y al que no le guste, que le den por saco. 

—¿Cree usted que con la independencia logrará parar alguna vez esta deriva suya tan delirante?

—No lo sé. Igual luego sigo y me independizo de Europa.

—Bueno. Por mí no se corte; pero, a tenor de las últimas noticias, se podría decir que Europa es la que pasa precisamente de ustedes. Ningún país les reconoce.

—Eso es cosa de la prensa manipuladora. Todo mentira. Y si fuera verdad, pues entonces me mato y me independizo del mundo. ¡Hala!

—No se desespere, que aquí estamos para ayudarle. Tenga esta receta. Se toma usted un comprimido en cada comida y dentro de un mes vuelve por aquí a ver qué tal le va.

—Vale. Seguiré el tratamiento; aunque no sé si volveré o me independizaré también de este gabinete. Porque usted es leputí ¿verdad?

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Nota: la doctora Ariadna es un personaje de "Desde el laberinto". Por su gabinete psicoterapéutico desfilan personajes diversos, todos en busca de una cura para sus males.
Consultas anteriores publicadas en el blog:
http://latinajadediogenes.blogspot.com.es/2015/12/la-psicoterapeuta-un-cuento.html
http://latinajadediogenes.blogspot.com.es/2015/12/la-psicoterapeuta-segunda-parte.html
https://latinajadediogenes.blogspot.com.es/2016/12/gabinete-psicoterapeutico-2.html

lunes, 27 de noviembre de 2017

Profesionales

Viejo portal de la Calle del Pez (Madrid)


Publicado originariamente en La Charca Literaria


Un viejo inmueble, de esos de techos altos y escaleras vetustas de madera que crujen al pisarlas, en una calle del centro de Madrid. En la puerta, el clásico cartel grabado con sutileza en el cristal esmerilado, solo que es ilegible, puesto que el manitas de turno, en realidad un cuñado en paro del detective Elías Gómez, pensó que, escribiéndolo “al revés” desde dentro del despacho, permitiría la lectura correcta desde fuera, en vez de rotularlo al derecho desde fuera, que sería lo más lógico y, sobre todo, lo más fácil. 



Los que pretenden leer el rótulo desde fuera han de echar imaginación al asunto para descifrar su contenido porque poner las palabras al revés por dentro sin voltear también  las letras no posibilita de ninguna manera su lectura correcta.

O sea: ilegible el rótulo por dentro y por fuera.
Porque hay dos caminos para hacer las cosas: el lógico y el complicado. Y Ceferino Sardón, el cuñado de Elías Gómez, era de los que siempre elegían el complicado. Todo un genio.

Lo primero que llama la atención a cualquiera que osa traspasar esa puerta -tras intentar descifrar infructuosamente lo que pone en el rótulo-, es que dentro solo hay una persona, un solo detective. Lo segundo es el olor rancio. Esa mezcla de tabaco, puchero casero, escasa ventilación y muebles viejos. Una forma un poco repulsiva de dar la bienvenida a los que se deciden contratar los servicios de un profesional de la investigación.

-Buenos días, señor… ¿Zemog? ¿No será usted judío? 
-Elías Gómez para servirle. Buenos días ¿Qué desea? 
-Vi su anuncio en la prensa y decidí venir para contratar sus servicios. 
-Usted dirá. Soy todo oídos. 
-Pues resulta que perdí mi perrita, un encanto, de raza fox terrier, y por más que busco y pregunto no doy con ella. Vivo en un apartamento a dos calles de aquí y la perra es mi única compañía… Pero una fatídica distracción ayer al comprar el periódico y, cuando quise darme cuenta, al otro extremo de la correa ya no estaba ella. Seguro que me la han robado. 
 -Ya, comprendo. ¿Tiene usted alguna foto? ¿Estaba en celo cuando la extravió? También preciso documentos que acrediten su pertenencia, cartilla de vacunación, etc. Cualquier cosa que nos oriente en la búsqueda. Es muy conveniente. Antes, algunas cuestiones de rigor. Sería para mí de gran ayuda saber por ejemplo si tiene usted alguna deuda pendiente con alguien. Ya sabe… dinero, facturas sin pagar y todo eso. Algún enemigo. Alguien que quiera hacerle daño. No sé. Tal vez algún vecino harto de pisar cacas de perro o cansado de los ladridos. Los perros son jodidamente latosos y no todos comparten su amor hacia ellos ¿Ha preguntado en los restaurantes chinos de alrededor? Ya sabe que la carne de perro es muy apreciada… Lo siento. No era mi intención lastimarle. Tenga un pañuelo. Desahóguese. Eso ayuda. Bueno, mejor no pregunte en los restaurantes chinos. Ya me encargaré yo. 

El detective saca un viejo cuaderno y hace unas anotaciones. A continuación espeta al nuevo cliente:

 -Tendrá usted que dejarme un depósito de 350 euros como provisión de fondos. Espero que sea suficiente de momento. Tráigame cuanto antes, hoy mismo, todo lo que le pido y deje el asunto en mis manos. Haremos lo que podamos. Llamaré a mi socio para que empiece la búsqueda de inmediato. Confíe en nosotros. En cuanto sepa algo, me pondré en contacto con usted. 

Nada más salir el cliente, Elías coge el teléfono y marca un número. 

-¿Ceferino? Oye, prepárame la fox terrier para mañana al mediodía. Sí, sí. Ya vino su dueño. Todo bien. Sí. Dime. No, el dueño del bóxer todavía no ha dado señales de vida. Pero debe estar al caer. Por algo somos la única agencia del barrio. ¿Cómo? ¿Que el del quiosco quiere que le subamos la comisión a 30 euros por cabeza por entretener a los clientes? ¡Será mamón, el tío! Bueno, ya hablaré con él. Venga, lo dicho. Hasta mañana entonces.


martes, 21 de noviembre de 2017

El traje del abuelo


El abuelo siempre llevaba traje. Pero no un traje cualquiera. Uno especial. Con chaleco y reloj de bolsillo. Jamás le vi en camisa o en marga corta. O al menos no lo recuerdo.  El traje de mi abuelo formaba parte de su anatomía. Vivía con él. Comía con él. Creo que hasta dormía con él.  Mi abuelo y su traje habían firmado una especie de acuerdo de permanencia recíproca, un contrato de eternidad. Estaban soldados el uno al otro. No me lo imaginaba de visita al médico y que le dijeran eso de “desnúdese”. Me resultaba imposible visualizarlo. Tan imposible como imaginar a alguien sin piel.
Y con su traje salía de casa para dirigirse al banco, al Círculo Mercantil, al quiosco o al bar de la esquina…

—¡Los iguales para hoy! Buenos días, don José. Mire qué número tan bonito llevo—. Le saludaba el vendedor de cupones.
Deme uno, a ver si hay suerte. Pero ande, tómese algo. A ver, Miguel, ponle a este hombre algo de beber.
Gracias, don José.

Lo suyo era invitar a todo el mundo.
Siempre llevaba consigo una especie de carterita de piel con sus papeles. Y en los labios un esbozo de canción en forma de algo parecido a un silbido, aunque silbar no era lo suyo… Como mucho, emitía una especie de soplido fino que pretendía ser silbido.

Buenos días, don José— le saludaba el limpiabotas en la entrada del bar— ¿Le paso un poco la gamuza a los zapatos?
Hoy no, Antonio, que ya los traigo limpios de casa. Pero tómese usted algo. A ver, niño, ponle a este hombre algo de mi parte. Y a mí, un café con leche.
Muy amable, don José. Se agradece.




Otro día le dice al camarero:

Miguel, hoy vengo con dos de mis nietos de Madrid. Allí tengo nada menos que siete. A este ponle un plato de aceitunas. Al mayor, bonito con mayonesa. A mí, un rioja y una tapa de queso. 
—Marchando, don José. ¿Y a los niños que les pongo de beber?
Ponles dos cervezas, pero cortitas.

Y así siempre.
Un día el abuelo se nos fue.
Muy serio y callado parecía decirnos a todos adiós, allí desde su caja de madera.
Se despedía de nosotros…  con el traje de siempre, el de todos los días.

martes, 14 de noviembre de 2017

El gran Julio


Julios de prestigio  hubo muchos en la historia: Julio César, Julio Cortázar, Julio Verne. Hoy hablamos del escritor francés...

Sí, me refiero al que siempre estuvo disponible, como un inseparable amigo, durante esos años de infancia y juventud. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras la ventana, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. 

Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, dar la vuelta al mundo en 80 días, pelear contra los piratas próximos al faro del fin del mundo, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus, descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…



Con este escritor podía viajar, traspasar fronteras, visitar países y gentes sin ayuda del televisor y sin moverme de mi casa. Porque para eso estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en aquellos días sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de  vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano.