domingo, 15 de octubre de 2017

Un hombre imprescindible


No hay animales más inmundos que las rastreras y sucias cucarachas…
En la sección de personal, el engominado cuarentón, encorbatado y estirado, obediente y servicial, embadurnado de colonia y after shave de supermercado, esboza una forzada sonrisa ante su jefa y asiente con la cabeza. Comunicará las órdenes a los empleados.
Al despedirse, sólo le ha faltado cuadrarse y hacer una reverencia. Silencioso y servil, avanza cauteloso y desapercibido con su traje oscuro por el pasillo hacia su cubil y allí frente al ordenador preparará el escrito con los ajustes que afectan a los trabajadores de la empresa.
Son lentejas. Y lo que decide la superioridad no se discute.

La mantis de la oficina, Brenda, la Directora de Finanzas, la que te saca el jugo y luego te devora, la que te exige y te da órdenes de forma amable mientras te hace tragar algún sapo, alguna medida que caerá sobre ti o sobre los empleados de menor categoría que tú: esos pulgones que serán aniquilados de forma inmisericorde porque “así lo requiere la planificación de recursos humanos de la empresa, según los objetivos planteados a medio plazo en lo referente a la optimización de beneficios.” Es decir: despido objetivo, más gente en la cola del paro, empleados desechables, de usar y tirar. Al fin y al cabo nadie es imprescindible. Tú tampoco.

La jefa es una hembra de rompe y rasga; fría y calculadora; esbelta, atractiva y seductora; segura siempre de sí misma; de bellos labios rojos, con esa fragancia de perfume caro y esa blusa modelando sus sinuosas formas… Y él, su hombre de confianza en la empresa.
La jefa era la mantis y él, el jefe de recursos humanos, la sabandija rastrera y salida, el hombrecillo gris obediente, sigiloso y siniestro, incapaz de enfrentarse a ella, siempre arrastrándose a sus pies, lamiendo sus zapatos,  esperando la palmadita en la espalda: porque a fin de cuentas él es la persona de confianza, el hombre necesario, “para que la empresa siga a flote, porque esto es un barco donde sus tripulantes tienen un cometido para que no haya un naufragio y que el barco se hunda con todos dentro, etc., etc.”

Y al fin y al cabo qué mejor que una cucaracha para hacer el trabajo sucio.



martes, 3 de octubre de 2017

Poseído


Mi nueva aportación a La Charca Literaria


Me tomo unos días libres. Tengo que meditar sobre el tema.
Os dejo en buena compañía.


Me llamo Antonio Mollinedo, pero no sé bien quién soy.
Mi cuerpo ya no me pertenece. Me di cuenta enseguida aquella fatídica mañana cuando fui al baño. Es sabido que todos tenemos nuestro olor característico. Al asearme me percaté de que los efluvios que emanaban de mis sobacos no eran los de siempre. Hasta ese día, mi olor corporal era un leve aroma, poco concentrado, suave, nada molesto. Ahora era muy distinto: mucho más rancio, más agrio y fuerte. No era el mío.
Mi cuerpo parecía estar siendo suplantado por un intruso invisible.
Me sentía mal. Una especie de vacío existencial se fue apoderando de mí.
Las dudas se convirtieron en certeza cuando me vi desayunar. No era yo el que desayunaba, sino un hombre hambriento, grosero y desaforado que engullía a toda velocidad tazas de café y montañas de tostadas con mantequilla y mermelada.
El chorretón generoso de brandy en el último café, que me serví maquinalmente como si se tratara de un ritual cotidiano, vino a confirmar mi sospecha: yo era abstemio, por lo tanto alguien se había apoderado de mi cuerpo y lo manejaba a su antojo. Cogí el periódico de la mañana y no entendí el gesto mío al saltarme las noticias importantes del día para ver los resultados de los partidos del fin de semana, la quiniela ganadora y la foto de la chica ligera de ropa que solía venir en la penúltima página, sin percatarme de que aquel no era un diario deportivo.
Luego me dispuse a salir a la calle. Entré en el ascensor y pegué el chicle en el botón del bajo. Cogí el coche y me dediqué a insultar a todo el que se me ponía por delante. Aparqué de cualquier manera en el parking, ocupando dos sitios en vez de uno.  Antes de bajar, vacié el contenido del cenicero en el suelo. En el trabajo discutí de fútbol con todo el mundo. Yo, que siempre odié el fútbol. Esa misma mañana, por un comentario que no me gustó, me cagué en el padre del jefe y le tiré los informes a la cara. “¡Está usted despedido!” Le oí gritar mientras, levantándome enfurecido del sillón, pegaba una patada a la papelera que se interpuso en mi camino.
Me quedé sin trabajo y mi mujer me abandonó.
Caminaba hacia el abismo.
¿Quién era yo? ¿En qué me había convertido?
Acudí al médico, al psicólogo, al psiquiatra. No encontraron solución a mi problema. Sólo se empeñaban en inflarme a pastillas o en torturarme haciéndome preguntas, indagando en mi pasado las posibles causas del trastorno que me aquejaba. Recurrí a la cartomancia, a la quiromancia, visité incluso a un sacerdote experto en exorcismos que no logró expulsar al diablo que, según él, habitaba en mí.
Estaba desesperado.
Decidí poner fin a mi vida, una vida que no me pertenecía. Me dirigí una noche al barrio de peor fama de la ciudad y desafié al grupo de matones que fumaban porros en la puerta de aquel tugurio. Después de pegarle un cabezazo en la nariz al más grande de todos, les dije: “Yo, desarmado, y vosotros no tenéis ninguno cojones de acabar conmigo.”
Me nombraron jefe de la banda.

Una nueva vida se abría ante mí, la que realmente me correspondía.


Texto publicado en La Charca Literaria

jueves, 28 de septiembre de 2017

Basura en la red



Resulta que miro en internet, para quedarme tranquilo, no diera la casualidad de que el título que elegí para aquel relato al que bauticé con el nombre de “Fusión” no fuera el más apropiado para esa antología de “Escritores Recónditos”. Y en vez de toparme con las acepciones típicas relacionadas con el mundo de la física, me doy de bruces con propaganda de no sé qué compañía telefónica donde te proponen un contrato por el que además de disfrutar de llamadas nacionales e internacionales, podrás llamar desde tu móvil a cualquier otro y tener megas de sobra para tu ordenador, etc. etc. 

Luego, a propósito de que retomé hace poco la lectura de 1984, tecleo “Gran hermano” y en vez de salirme la obra de Orwell, como sería lo lógico, aparece un programa basura de televisión lleno de niñatos de escaso cociente intelectual haciendo el chorra. 

Asqueado del ordenador, lo aparto y cojo el periódico para ver la cartelera. No salgo de mi asombro al comprobar que los teatros de mi localidad, aparte de ofertar en su inmensa mayoría obras de poca categoría dramática, han perdido el nombre que tenían para pasar a llamarse de una forma un tanto esperpéntica. ¿Cómo es posible que esos templos de la cultura, al cambiar de propietarios, hayan sido rebautizados zafiamente, pasando a llamarse ahora “Teatro Häagen- Dazs”, como si allí se vendieran tarrinas de helado; Teatro “Cofidis” ¿te obligarán a pedir un crédito?; “Teatro Compaq Gran Via”, como una vulgar tienda de “cedés”, hoy reconvertido en el Teatro Philips, donde solo deben actuar rutilantes estrellas ¿Venderán seguros del hogar, además de entradas, los del teatro Caser de Atocha? 



Hastiado de todo, tras cagarme convenientemente en el padre de más de uno, tiro el periódico y salgo a la calle. Me apetece urgentemente una cerveza. Busco y no encuentro aquel bar donde no hace mucho ponían unos estupendos bocatas de calamares acompañados de unas cañas de barril bien tiradas, con maestría, como “debe de ser”. Pero el bar no está. En su lugar han abierto un local de esos de comida rápida. También desapareció otro bar, el de la esquina, donde ponían unas exquisitas patatas ali-oli. Ahora es un Mc Donalds. 

Visiblemente cabreado, me acerco al centro comercial del barrio y compruebo que todas las tiendas de ropa y todos los bares y restaurantes son copias exactas de otros establecimientos de centros comerciales que ya conocíamos. Calcos, fotocopias, versiones clónicas... Creo que ahora las llaman franquicias. Para ser "franco", no lo entiendo o no lo quiero entender. ¿A dónde se fueron esas tiendas, esos bares con sello personal? 

O nos han colonizado sin darnos cuenta o es que nos hemos vuelto totalmente imbéciles.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Cuentos

Gustave Doré

Los cuentos infantiles son esas cosas que entre “érase una vez” y “comieron perdices” se puede rellenar lo de dentro al antojo del autor. Eso sí, en todo cuento que se precie debe haber una buena dosis de misterio, sensiblería, intriga, penas, seres malvados… Y hasta una moraleja para el lector, faltaría más. Que lo leído, además de entretener, debe ofrecernos alguna enseñanza.

¿Quién no recuerda el impacto emocional de algún cuento de la infancia? Rememoro ahora la historia de una ballenita perdida por su madre despistada en medio del océano y el berrinche que me llevé según me contaba el asunto la tata Antonia, una mujer mayor que se regodeaba sádicamente de mis pucheros. Porque antes de venir a menos yo fui un señorito de los de tata en casa. Y ella debía cobrar poco y se vengaba haciéndome rabiar.

¿Será por eso que la inmensa mayoría de los cuentos infantiles son terribles, rozando algunos el sadismo? Blancanieves, Cenicienta, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, Pulgarcito, Rapunzel o Hansel y Gretel. Niños abandonados, mocita que debe atravesar el bosque oscuro para ir al encuentro de su abuelita, niña maltratada por su madrastra y por las harpías de sus hermanastras, jovenzuela envenenada y que entra en coma por una manzana en mal estado, una bruja que se quiere comer a los hermanos abandonados por sus padres, un ogro que idem de lo mismo… Y detrás de todo ello - posiblemente empleados mal pagados-, sádicos vengativos que perseguían asustar a los nenes para que se quedaran paralizados de miedo. Como la tata Antonia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

A vueltas con el Nacionalismo

Bandera marciana
Imagen tomada de aquí

Hace casi tres años y medio escribía esto. Creo que  hoy sigue estando de actualidad.
Una vieja entrada que hoy recupero.
Con los comentarios que se hicieron en su día



(Una reflexión que no va a gustar a más de uno)

Me echo a temblar cuando los ciudadanos son capaces de movilizarse más por los símbolos identitarios que por los recortes en sus derechos. Ahí es cuando aparece el agujero negro del nacionalismo, con ese poder terrible para absorberlo y manipularlo todo. 
Cuando hablo de nacionalismo no sólo me refiero al independentista sino también al centralizador. Y no sólo me refiero a España.
Un “invento” ya antiguo que permite canalizar energías en una sola dirección y lograr que afloren los sentimientos más escondidos, donde prevalece la emotividad frente al raciocinio. Miedo me da un pueblo que se mueve por simple visceralidad y que aparca la sensatez, el diálogo, la negociación y la convivencia. Ello nace de un problema de empatía: la capacidad o la incapacidad para ponernos en la piel del otro. Y si no hay diálogo, las acciones sustituyen a las palabras. La violencia es el siguiente paso. No es la primera vez que ocurre. Y siempre hay alguien detrás que obtiene buenos réditos con ello. No hay más que echar un vistazo a la historia. Los ejemplos sobran. 

UN PRODUCTO DE LA CRISIS 

Habría que plantearse por qué siempre que hay crisis se agudizan estos sentimientos nacionales identitarios, a la par que aumenta el racismo y la xenofobia (Véase por ejemplo el aumento de apoyo en Francia del grupo ultra de la señorita Le Pen). Es un mal síntoma: el raciocinio se ve desplazado por la pasión y la emotividad. Eso en política no debe ocurrir. Es un camino muy peligroso. Los impulsos viscerales hay que dejarlos para el arte y la poesía. La pasión desbordada traducida en términos estéticos se puede denominar Romanticismo, pero a nivel político y en los tiempos actuales no es otra cosa que una forma de fascismo. 

UNA MANIOBRA DE DISTRACCIÓN 

El mensaje siempre es parecido: la culpa de que nos vaya mal la tiene el vecino -o el inmigrante- , no una política global equivocada. Es más sencillo buscar culpables en los de al lado aprovechando algún agravio reciente o del pasado. Y si no lo hay, nos lo inventamos. Es fácil. La gente quiere carnaza, chivos expiatorios que paguen los platos rotos. Y el mensaje cala enseguida entre la población. Con esto del nacionalismo los dirigentes tienen entretenida a la gente, a la de allí y a la de aquí, una cortina de humo para que no vean que los problemas verdaderos no son de banderas sino de trabajo, sanidad, vivienda y educación. Los problemas cotidianos de la gente son muy similares en todas partes. Cuanto más viajas más cuenta te das de las similitudes. Todos respiramos, amamos a los nuestros, luchamos para llegar a fin de mes… Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. 
Las banderas y los himnos están muy bien como parte de nuestra cultura, del folclore, como la fiesta de los toros, la ikurriña o el baile de la sardana, pero no debe convertirse en material arrojadizo para agredir a los que no los comparten. Porque precisamente eso sería hacer el juego a los que quieren que busquemos al enemigo fuera de casa, evitando así que reclamemos soluciones a los de dentro. 

¿PARA QUÉ MÁS FRONTERAS? 

Los que se quejan de falta de libertad colectiva no deben proponerme a cambio levantar nuevos muros de incomunicación entre las personas. Ya tenemos demasiadas fronteras. Te puedes sentir vasco o andaluz o catalán y a la vez español o europeo o ciudadano del mundo o de la Vía Láctea o de ninguna parte. Y no pasa nada. No vas a ser mejor ni peor por ello. No hay que avergonzarse necesariamente de la pertenencia a colectivos que no te excluyen. 

Y ya puestos, ¿qué sentido tiene hoy el hablar de "nación", de democracia y de pueblo soberano -independientemente del color de tu bandera-, cuando los que toman de verdad las decisiones no son nuestros políticos electos locales, sino en realidad gente que está lejos, en sus despachos, dictando órdenes a diestro y siniestro y moviendo a su antojo los hilos del mundo? ¿Qué es lo prioritario que cambiemos? ¿Qué pesada losa nos tendremos que quitar de encima para ser de verdad libres?